K.O.L. Líder de Opinión: un relato ágil y despiadado para explorar la cara oculta de la medicina contemporánea. Encárgala en cualquier librería con título, autor (Federico Relimpio), editorial (Anantes) e ISBN: 978-84-939770-8-5

viernes, 19 de diciembre de 2014

LCD-based Medicine (Medicina basada en la pantalla LCD)

Primero era usted. Y mi enfermera. Y yo. A usted le pasaba algo, y entre los tres lo intentábamos lo mejor que podíamos. No era perfecto. Es más, era muy imperfecto. Cualquier tiempo pasado no fue mejor. En muchos aspectos, fue mucho peor. Pero en algunos aspectos hemos perdido. O hemos querido avanzar, pero nos hemos desorientado.

Decía yo que hace veintitantos años, en el Paleolítico, cuando yo empecé a intentar arreglar el mundo asistencial - pobre idiota -, éramos tres. Y me desesperaba de estar abandonado en medio de un mundo que avanzaba rápidamente en cuestiones de tecnología - pobre idiota, segunda vez -.

Hace poco más de diez años se acordaron de mí. Se acordaron de todos los enanos de la Tierra Media. Y nos conectaron a la red y a la pantalla, como en la imagen. "¡Eureka!", me dije - pobre idiota, tercera vez -, al ver las posibilidades del Sistema. Y realmente las tiene, para qué lo vamos a negar. Volver al 89 o al 91 es volver a construir acueductos como lo hacían los romanos - que, por cierto, lo hacían muy bien, y duraban mucho -.

Pero ya no somos tres. Ya somos dos y medio. Porque mi enfermera o auxiliar es compartida. Se fueron jubilando las veteranas y muchas plazas se fueron amortizando. El problema es que no somos dos y medio. Somos tres y medio. El tercero es la enorme pantalla que nos han puesto entre usted y yo. Donde, según debe ser, figura todo. Todo lo suyo y todo lo mío, que enfermo soy algunas veces. ¿No quería uno instalarse en el progreso tecnológico? Pues hete aquí que te coge parte de la mesa, de la mirada, de la atención y del tiempo de consulta. Tu ojos bailan de la paciente a la pantalla, de ésta al teclado, luego a la auxiliar - si está -, y de nuevo a la paciente. Y te da por cerrar la historia clínica digital justo cuando la paciente añade algo que se juzga de importancia. Y tu miras a la buena señora disimulando el fastidio... Porque claro, ¿Por qué tiene ella que saber que eso es importante y que estás cerrando una historia para la que tienes que introducir usuario y clave con toda la atención?

Y llegamos a un nuevo problema: que no somos tres y medio. Somos cuatro y medio. El nuevo miembro de la familia es la seguridad informática. Trabaja uno con datos de máxima privacidad en una red de terminales protegida. Cada pasito que des, te pide usuario y clave de acceso. De modo figurado, es como andar por tu casa abriendo y cerrando puertas con dos cerraduras. Y, por si fuera poco, te cambian las llaves cada cierto tiempo. En cada acto médico, desde que se abre la historia clínica hasta que se culmina el proceso, son un número de entradas de usuario y clave. Y no valen las claves facilonas: no son "seguras". Tienes que alternar números y letras, y meter alguna mayúscula. Y sobrepasar cierto número de caracteres. Y no vale repetir una de las últimas diez claves. Introduce usuario y clave un número de veces por paciente, veinte veces al día. Porque si doblas jornada, son casi treinta. Y yo me equivoco mucho introduciendo las dichosas claves. Sobre todo si la buena señora se acuerda de algo cuando estoy cerrando una historia clínica.

¿Gajes del oficio? Es que no somos cuatro y medio: somos cinco y medio. No se rían y sigan conmigo. Detrás de todo esto hay un Sistema endiablado - reconozco que la gente del Sistema curra en esto un huevo, al César lo que es del César - que de repente, sin venir a cuento, "se cae". No pasa todos los días pero, de repente, te deja como un idiota mirando el circulito Explorer en la pantalla, con el paciente estupefacto al otro lado de la mesa. Porque no se puede dar un solo paso - ni uno solo, oiga - sin el Sistema de las narices. Con varios pacientes esperando, te pones a llamar a informática y te enteras que un ente misterioso llamado "servidor" "se ha caído" en un lugar remoto y que la gente está trabajando ahí como negros (perdóneseme la expresión, es ya antigua).

¿Hemos terminado por fin? ¡Ojalá! La informatización no ha acabado - ¿Lo hará alguna vez? -. La gente de Primaria y nosotros no estamos conectados del todo. Todavía es preciso imprimir informes. Con lo cual llegamos a un paso más: que no somos cinco y medio. Somos seis y medio. Nos faltaba la impresora. La impresora con su tóner. La impresora que de repente se niega a imprimir el informe que tanto le falta a la señora para no se qué tramite o no se qué juzgado o, en todo caso, porque se lo ha pedido su médico de cabecera. Puedes optar por pelearte con la impresora - algo incluido en el rotatorio de todas las especialidades, sean médicas o quirúrgicas -, o decirle que ya se lo mando por correo cuando se reanime al aparatejo, lo que significa encasquetar el trabajo para otro día.

Bueno, la señora por fin tiene su informe y está de lo más contenta. Adioses y parabienes. "¿Cuándo vuelvo, doctor?".... ¡Horror, la cita!... Ahora viene una palabra temida en Sanidad-Andalucía: ¡Diraya!.... O sea, que ahora somos siete y medio, como el juego de cartas. No sé ustedes, pero a mí esta familia tecnológica me recuerda al camarote de los hermanos Marx. Y la familia se ensancha: súmale receta XXI, retinografía, programa de hormona del crecimiento y cualquier otra aplicación que se haga en otra especialidad.

Fin de la historia: tras la pelea con la impresora, el informe se imprimió por duplicado. La copia que se quedó en consulta dice que la señora tenía sesenta y dos años. Me quedo tranquilo: la voz correspondía con una mujer de sesenta y dos años, más o menos. Una zozobra de última hora: ahora que acaba de salir, no sé si era rubia o morena. O si se tiñe las canas. O si lleva gafas... ¿Venía con acompañante? Dice mi medio auxiliar que sí, que venía con su hija. En cualquier caso, la muchacha no ha dicho ni mu. Qué prudente...

"La depresión de Najah... ¿La precipitarían los ordenadores?"

K.O.L. Líder de Opinión, página 283

@frelimpio


miércoles, 3 de diciembre de 2014

La Gestión de RRHH basada en “1984”

Sé como te sientes. Y digo que lo sé porque hasta hace poco estuve igual que tú. Hace unos años me esforzaba en cumplir los objetivos. Todo lo que me trazaban. Quería ser un buen chico, apreciado por la organización. Pero, como una compañera muy adicta al Sistema me hizo ver: “nunca están las cosas suficientemente bien”. Esa frase – y sobre todo, la expresión con la que fue pronunciada – marcó un antes y un después en mi estado anímico, en mi compromiso con el Sistema. Ya lo sabía: nada era suficiente. Nada sería nunca suficiente. Justamente porque ésa es la estrategia. No puede existir nunca la satisfacción por el deber cumplido. Si así se permite, se duerme algo que podría llamarse el “celo revolucionario”. Se te debe mantener siempre en tensión y tu autoestima, un poco baja. Dependiente siempre de una sonrisa de reconocimiento o una palmada en la espalda que no llega a cuajar.

Luego me sorprendí: no eran paranoias mías. Muchos residentes y ex residentes se quejaron – a veces en público – de que nunca nada era suficiente, de que nunca nada estaba bien hecho y de que ninguno valía lo suficiente. Algo fallaba. Algo fallaba por ahí arriba. Porque no podemos ser todos unos mediocres, unos vagos, unos incompetentes. Gentes de ambos sexos y de varias generaciones.

Hoy quiero hablar de recursos humanos. Quiero y debo hacerlo. Porque el camino que tengo por delante aún es largo. Pero también llevo encima alguna cicatriz de esta prolongada guerra llamada vida profesional - lo de carrera profesional pasó ya a sueño o entelequia -. Nuestro Sistema Nacional de Salud tiene una larguísima lista de problemas. Podríamos hablar de financiación, de sostenibilidad, de eficiencia, de adaptación a las necesidades de la ciudadanía y de varios etcéteras. Pero me niego a aceptar la idea de un Sistema donde se instale irreversiblemente el cinismo y donde lo mejor – insisto, lo mejor; examinen los requisitos para entrar en una Facultad de Medicina – de un país se trate con desconsideración, si no con franco desprecio. No puede ser que un colectivo entero no dé la talla y enferme de autoestima. Tengo que repetir que algo falla. Y no es el factor humano.


@frelimpio

viernes, 21 de noviembre de 2014

Cayetana de Alba, descanse en paz

Abro los periódicos y me encuentro con dos noticias casi simultáneas. Las dos tienen algo de luctuoso. Y a la vez algo de incomprensible. Y me explicaré en modo breve:

Es siempre luctuoso el óbito de una anciana. Lo incomprensible es que sea noticia: murió de su edad, poco más o menos. O mejor dicho, de sus muchos achaques. Pero fue una vida larga y celebrada, disfrutada y envidiada. Ya se ocupan en otros lugares de reseñarla. Hasta la saciedad, creo. Descanse usted en paz, doña Cayetana. Ignoro sus méritos, la verdad. Tampoco sé por qué su muerte debe acaparar titulares en la prensa de mi país; no era usted tan relevante. Creo que dentro de treinta o cincuenta años, en las hemerotecas, estos titulares inspirarán una tierna sonrisa. Combinando las imágenes de la serie de Isabel la Católica donde, con mejor o peor fortuna, se ilustran las circunstancias donde nace el apogeo y riqueza de su familia con las de su entierro y el despedazamiento de su patrimonio, podemos ver como se esfuma una forma de entender España. Claro que sólo es una opinión.

El otro hecho luctuoso es la prisión de una tonadillera. Sigo viendo incomprensible la noticia: sólo se trata de la ejecución de la sentencia, de la acción de la justicia. De que se la vea actuar, por fin. También la vida de Isabel Pantoja tiene algo de trágico: con su voz vibró en su momento el alma de una nación, con su luto lloró una forma de entenderla ("la viuda de España"). Si de doña Cayetana ignoro los méritos y me constan cientos de años de privilegios, de Isabel Pantoja sí aprecio la valía -la vi cantar en persona - y de las humildes calles de su procedencia. Su proceso y prisión tienen que ver con las cosas de la España de hoy, con la que la famosa tonadillera podría bien cantar aquello de "somos como dos barquitos..." Efectivamente, la nueva forma de entender el país desliga los sentimientos populares al escuchar "Yo soy ésa" con lo prosaico de las cuentas del Reino, y rescata el verso calderoniano: «Al Rey, la hacienda y la vida se ha de dar,"...

Una persona próxima me señalaba la ausencia de sustitutas en la España de hoy para la difunta y la encarcelada. Me quedé perplejo, y tuve que admitir que así era. Quisimos una España Europea, racional, reflexiva, sensible, indignada con aquello con lo que correspondía indignarse y progresivamente alejada de la pandereta. Sin embargo, no está acabada. Todavía le queda un buen rato de horno. Pero se le van viendo las costuras. Doña Cayetana no hará más portadas para la prensa. Y somos muchos los que pensamos que no tiene sucesora. No creo que doña Isabel se arranque para toda España desde detrás de los barrotes. Ni estaría bien, ni creo que le sentase bien. Además, esta España ya no guarda el trono de la copla. Ni la bata de cola.

Algún día, dentro de muchos años, sesudos historiadores informáticos rastrearán en las hemerotecas por los signos de nuestro cambio. Se preguntarán si fue cuando las bodas gay. O cuando se fue Cataluña (si es que al final se van). O cuando ganó Podemos (si es que termina ganando). O cuando se acabó la monarquía (si es que don Felipe toma las de Villadiego). O cuando se prohibieron las corridas (o cuando pasaron a la clandestinidad, que es lo mismo). Pero me da a mí que, en 2672, en una tesis doctoral realizada acerca de lo que entonces será un único espacio de desarrollo y convivencia, alguien escribirá: "en noviembre del 2014, en la ciudad de Sevilla, muere doña Cayetana de Alba y encarcelan a doña Isabel de Pantoja por blanqueo de capitales. Nada en lo que entonces se llamaba España sería nunca lo mismo."

@frelimpio

viernes, 10 de octubre de 2014

Del Ébola, Liderazgos y Cantamañanas...

Desafección. Casta. Deslegitimación de la Democracia representativa. Les suenan estas palabras, ¿Verdad? Las venimos leyendo u oyendo con mucha frecuencia. El problema es que tal vez deberíamos oírlas más todavía. Porque, pese a quien le pese, parte de las denuncias sobre lo que se sustenta el discurso – y el voto – de Podemos y otras opciones son hechos duros como piedras. Otras cosas son las soluciones aportadas.

Saltemos ahora en la Historia, si me lo permiten. No se me vayan, que tiene relación con el tema. Sé que muchos de ustedes cuestionarán a los grandes militares de épocas pretéritas. Y les replicaré que su figura sólo puede ser comprendida dentro del contexto en que vivieron. Pero, fuera ya de ese debate, es posible proponer que lo que hace resaltar a un César o un Alejandro dentro del trasfondo general es que conocían de cerca a sus soldados. Marcharon con ellos. Lucharon con ellos. Padecieron con ellos. Conocían a muchos por su nombre. Padecían frío si ellos lo padecían. Y, por todo ello, los soldados confiaban en ellos. Es época pasada y así se construyó la Historia. Esto da para mucho más - muchos más matices -, pero yo voy a otra cosa.

Otro salto, pero ahora para acá. Les suplico que se queden, que no me voy por las ramas. Al final verán el sentido que tiene todo. Más recientemente, ha sido tema de debate la actitud de Pío XII - ¿”El Papa de Hitler”? – durante la Segunda Guerra Mundial. Viendo “Amén”, de Costa-Gavras, por segunda vez, me planteaba yo qué prestigio hubiera ganado la Iglesia Católica si Su Santidad hubiera desafiado todo obstáculo – mintiendo si hubiese hecho falta – y se hubiese plantado sin previo aviso el lunes 18 de octubre de 1943 en la Estación Tiburtina, vestido de blanco, exigiendo que él iría allá donde fueran los 1030 judíos del Colegio Militar Italiano de Roma. Que uniría la suerte del Sumo Pontífice de la Iglesia Católica al destino de estas personas… ¿Qué habría pasado?

Imagínense la cara blanca del oficial de las SS al mando, incapaz de articular palabra, deteniendo el tren y comunicando con su superior, y éste con otro, y éste con otro más arriba hasta llegar al Führer:

“Mein Führer...  der Papst ist auf den Zug!”

Ejemplo y contraejemplo. Todos discutibles y todos probablemente inadecuados. Y volvamos por fin al presente, de lo que hablamos. Desafección. Casta. Deslegitimación.

Imagínense que, en medio del follón del Ébola, en vez de decir sandeces y meter la pata, la señora ministra de Sanidad, señora Mato, y el consejero de Sanidad de la Comunidad de Madrid, señor Rodríguez Rodríguez, se hubiesen acercado al Hospital Carlos III – rey asociado para siempre a mejoras sustanciales en la Villa y Corte -. Que hubiesen recibido en persona la breve charla de las normas elementales de cómo tratar a un paciente sospechoso de padecer Ébola. Que se hubiesen probado los trajes de buzo. Que hubiesen dicho: “¡Qué calor, coño!” Y que, con las escafandras puestas, se hubiesen adentrado en los jodidos lazaretos donde ni limpiar quieren las sufridas trabajadoras de las contratas. A decirles que entienden lo más humano que hay: el canguelo o la jindama. El miedo a espicharla. Lo llevamos en los genes y en la memoria colectiva, porque sobrevivimos a la gripe “española” del 18 y antes, mucho antes, procedemos de aquéllos que sobrevivieron a la famosa peste negra de 1348. Y luego, bien protegido, abre uno la puerta y entra en contacto directo con los que cuidan a los enfermos. Y si alguno tiene conciencia de cristiano o ciudadano – lo que mejor se le aplique a cada cual -, a sentarse un ratito al lado del enfermo. Haciéndolo así, según dicen los expertos, el riesgo de contagio es ínfimo.

Denle nobleza a su trabajo y un poco de casta a un menester que, de tanto bañarse en la porquería -sin traje de buzo -, ha terminado por asociarse con el concepto hindú de casta. Pero no a la de los parias, precisamente. En fin, era sólo una sugerencia. Creo que se pierden una oportunidad. Aunque, bien pensado, el brete estaba perdido de antemano. Iba en la condición humana, que parece últimamente reacia a crear liderazgos. Más bien prefiere fabricar cantamañanas. Toros mansos, cojitrancos, sin trapío ni casta. Parece ser la extraña crónica de una corrida ideal para los antitaurinos. La corrida de "La Casta". 


@frelimpio

El país de "Misericordia"

Conforme pasa el tiempo, se van serenando las cosas y ganamos perspectiva sobre la tragedia de Piotr Piskozub. 

Hay mucha gente durmiendo en la calle en Sevilla; yo los veo todos los días al ir caminando al trabajo. Muchos de ellos tienen evidencia de desnutrición severa - soy médico -. También es verdad que muchos acuden a urgencias a pasar una noche de frío y lluvia, o a pedir algo de comer. Me lo dicen las hornadas de residentes desde hace veinte años. Tengan la seguridad de que algunos de ellos murieron al día siguiente o dos días después, acá o allá, en cualquier esquina. O murieron silenciosamente antes de ir a urgencias. El trágico caso de Piotr es la mínima punta de un iceberg que viene flotando desde hace mucho tiempo. Sólo que de éste se han enterado y se rasgan las vestiduras - "¿En qué mundo vivimos?"-. Pues ya lo saben. Sepan, además, que ahora mismo se están dando un número indeterminado de altas de este tipo en toda España. En el fondo, mucho de "Misericordia", de Perez Galdós, está vigente.

Es terrible descubrir que no hace falta viajar al tercer mundo para encontrarte con la cara del hambre y los harapos. Los tenías ahí, a la vuelta de la esquina. Sólo tenías que mirar en la dirección correcta. Y con las gafas adecuadas. Perdóname por darte el día, o la mañana. Éste no es el país que te creías.

@frelimpio

sábado, 4 de octubre de 2014

Profesión sin Remedio

"Oh, vosotros los que entráis, abandonad toda esperanza"

Dante. La Divina Comedia. El Infierno. Canto III. Sentencia 9.

Hay cuestiones que, de lo sempiternas, terminan por ser cansinas. Y una de ellas es, sin lugar a dudas, el tema del salario o el paro de los médicos. No se me vayan, que lo voy a zanjar rápido.

Llevo desde el 89 en el tema, sumado al tiempo escuchando a mi padre, que en paz descanse. Salen varias décadas, ¿Verdad? Son muchos años oyendo gruñidos o lamentos: “mal pagados”. Varias huelgas perdidas, machacados contra la opinión pública, los gobiernos o los medios. Reventados por la heterogeneidad del colectivo, por su falta de unidad y por mil cosas más que puedan achacársele. Sin liderazgos visibles. Destruidos en el tejemaneje de un Sistema de Salud cuarteado en las taifas sanitarias.

Porque, además, está en el acervo - o el inconsciente colectivo cultural - que un médico no debe hablar de dinero. Está feo. Lo de los médicos es vocacional, ya se sabe. Y eso en la Pública, que al menos cobras a fin de mes. Que con las compañías te puede pasar que ni eso. Pero no les aburro más, que es cosa sabida. Vamos a lo práctico.

Que no, que no hay remedio. En este país la medicina funciona - y va a seguir funcionando - porque hay una legión de chavales dispuestos a trabajar donde usted diga por lo que usted les quiera dar. Y si mañana me tuerzo un tobillo, hay tres o cuatro candidatos para mi baja por bastante menos de lo que cuesta mi sueldo. Que, mutatis mutandis, se da un aire a las pelis neorrealistas: el manijero bajaba a la plaza del pueblo, convocaba a los jornaleros y decía, a dedo, hay trabajo para ti y para ti. Y los contestatarios se mordían la vesícula y cogían el autobús de Alemania.

Que no, que no hay remedio (segunda vez). Que, para lo que este país está dispuesto a pagar, tenemos superpoblación médica. A ver si nos queremos enterar. Que a ver si nos olvidamos de los lloriqueos, que poco o nada arreglan. Si quieren hacer algo útil, transmítase a la chavalería en segundo de bachillerato que sorprende la pujanza de la nota en selectividad para coger Medicina. Es una carrera larga, memorística. Te da derecho a las iras del público por retrasarte media hora, por ejemplo. Y al contrato-basura ahí, donde haga falta, y dando las gracias. Consolidando tu situación laboral – en la Pública – allá por los cuarenta o cuarenta y picos. Que si, sabido todo esto, se empecina uno en meterse por esta vía, que luego no se queje. Si uno quiere ser alpinista, que luego no llore si es duro y hace frío. Ya lo sabe antes de subir la pared.

No hay remedio (tercera y última vez). Es la escasez la que proporciona el valor a cualquier cosa. Y por muy virguero que seas haciendo el cateterismo, hay unos pocos más en la puerta, si no te gustan las condiciones. Sepa la chavalería que, por mucho que sepa una de leucemia de células peludas, hasta que sea difícil reemplazar una baja o una jubilación, hasta que los Distritos de Atención Primaria se tengan que pelear por los médicos de familia recién formados, hasta que los directores médicos o de Unidad de Gestión tengan broncazos por llevarse al del cateterismo o la de la leucemia de células peludas, mejor que uno lo sopese delicadamente antes de meter el morro en eso que todavía se llama Facultad de Medicina. A menos que se tenga en la sangre eso de ser como Teresa de Calcuta (dicho sea con el mayor de mis respetos) y se esté dispuesto a vivir unos años de la renta básica - ahora que se habla mucho de ella -.


@frelimpio

domingo, 28 de septiembre de 2014

La Pesadilla del Ébola da Diarreas


Cuanto más admira uno el oficio de columnista, menos se comprende el caso de estos intelectuales, que después de demostrar durante tantos años su gran amor y entrega a la pobre gente asolada por todo tipo de discriminación y miseria, una vez confrontados con un caso de desgracia personal ligada a la solidaridad y la abnegación, prefiere utilizar su privilegiada tribuna para destilar un tonillo de sorna ante el despliegue de medios empleado en su ayuda. 

Sin dudas se consideran árbitros de en qué se debe emplear – y en qué no -  la solidaridad y los impuestos. Ellos, como muchos, piensan en la tragedia que podía suceder, y bien que hablan de ello sin miedo alguno al terror que se está expandiendo y que nadie puede contener. No es preciso que su comodidad nos recuerde lo de las vallas y los cuchillos de nuestras fronteras en Ceuta y Melilla donde se agolpan miles de seres desesperados procedentes de regiones africanas donde el virus del Ébola se reproduce sin control alguno. Ni que nos repitan que periódicamente se realizan asaltos a esas vallas y que cualquiera puede contemplar esos cuerpos ensangrentados recibidos por guardias civiles y asistentes sociales sin la más mínima protección. Y digo que no hace falta porque ya lo sabemos de sobras. Y porque estos articulistas no lo saben mejor que nosotros: no se han movido de sus sillones para redactar sus desahogos. Los que sí han estado mucho más allá son estos compatriotas que ahora enferman de Ébola y a los que cínicamente se les recuerda que podrían quedarse allí a morir. En contraste, estos plumíferos de domingo se han levantado inspirados y nos recuerdan que no hay proporción entre las medidas estrictas de protección que se han tomado para repatriar a unos religiosos infectados – sin recordar por qué se han infectado – y el descontrol que existe con las avalanchas masivas de inmigrantes desesperados. Y, mezclando a voluntad un tema con otro, el afectado intelectual nos dice que si un día aciago el Ébola saltara también la valla y se produjera un contagio masivo a este lado de la frontera, que nadie dude de que esos países felices y egoístas - ¿tan felices y egoístas como estos escribidores, que no arriesgan un pelo? – de la Europa rubia - ¿Dónde están los rubios en España, en Magaluf tal vez? – serían absolutamente rigurosos a la hora de establecer sobre España un cordón sanitario con un rigor extremo. Tal vez nos den lecciones de rigor ético e intelectual ciertos columnistas tranquilamente apoltronados, que le recomiendan al desafortunado que sí hizo de la solidaridad su vida que muera solidariamente. 

¿Qué hacer? Yo creo que la respuesta está clara, señor: hacer mutis por el foro y no decir estupideces. No quedar a la altura del betún periodístico e intelectual. No pedir a gritos que le hagamos un minimental (test para el cribado del Alzheimer y otras demencias) y que luego resucitemos la Ley de Dependencia Intelectual. Dice usted que por caridad llegó la peste. Usted da señas claras de no saber de qué se trata – o de que se trató – la peste, ni lo que fue – o lo que es – la caridad. Y se despide el buen hombre con que este maldito virus ha infectado ya nuestra conciencia. Pues ya que la ha infectado, podía rehacer su columna, tribuna, artículo, parida o pedo mental, y repensar las primeras líneas. Porque, por encima de todo, son un certificado de caducidad. De caducidad ética e intelectual. De constatación de que de algo hay que vivir y de que hoy tocó cagarla. A ver de qué toca mañana. Buenas tardes, señor Vicent. Se las da su lector de muchos años. Y que le conste que esto no es un divorcio; es una simple peleílla de novios.


@frelimpio.