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sábado, 11 de febrero de 2017

Omertà: la Ley del Silencio

Omertà, le dicen. Y nos suena a peli de la mafia. Acabo de tener la curiosidad de ver el origen: que es posible que venga de "humilitas" (humildad, en latín). De ahí, en la Italia del sur se transformá en "umirtà" (que se parece a nuestra "humildad"), y deriva a la actual "omertà".

Voy a lo esencial, y tiro de wikipedia:

La omertà implica «la prohibición categórica de la cooperación con las autoridades estatales o el empleo de sus servicios, incluso cuando uno ha sido víctima de un crimen». Una persona debe evitar interferir en el negocio de los demás y no debe informar a las autoridades de un delito bajo ninguna circunstancia...

Y ahora salimos de Corleone y volvemos a los tiempos modernos. Víctima de un crimen. O presenciarlo, ¿No? Y entramos en que lo de crimen puede ser variopinto. No hace falta que sea violencia. Podría ser, por ejemplo, una desatención o atención deficiente de los agentes estatales en sus deberes elementales - como si un juez de instrucción se muestra negligente en su tarea -. En este sentido, veamos, pues, un "delito" con el que convivimos a diario, ahí, a pocos metros. Un poner, sin tirar de lo más reciente. Elijamos una noticia, así, a bote pronto (picar aquí). ¿Ya están de vuelta? Poco que decir al respecto:  una rehostia de Puerta de Urgencias. Una de muchas. Una más. Otra vez. Suena ya a lo mismo, como los atascos o los chaparrones. Como las broncas electorales. Lo de las Puertas de Urgencias es como lo de los palestinos: que no tiene remedio, vaya. Siempre que le pase a otro, claro.

No es la primera vez que se me transmite algo de esto. Llevo formando a residentes de mi hospital desde hace más de dos décadas, y todos transmiten lo mismo, más o menos, acerca del área de Urgencias. Hace un par de años tuve una larga conversación con uno de ellos, que estuvo a punto de cuajar en un post-testimonio. Tal era su indignación. No lo hizo, por miedo, como se pueden imaginar. Y yo no podía hacerlo en lugar de esta persona. Porque no se trata de mi realidad, y solo comento acerca de lo que vivo en primera persona. Y me las cuentan peores, mucho peores que la noticia de ahí arriba. De todos los colores. Historias para no dormir y llenar libros enteros. Comprenderán ustedes que no entre en detalles ni cite nombres, ni lugares. Antes la muerte que traicionar a mis fuentes. Hablarán ellos, en su momento, si consigo hacer llegar a todos el mensaje que encontrarán al final del post.

Durante los años de existencia de este blog, se me ha acusado reiteradamente de que este tipo de comentarios crean una alarma social innecesaria. Se me ha insistido en la necesidad de promover la solución de cualquier cuestión "desde dentro", sin verter comentario alguno a la luz pública, a fin de trabajar calladamente por el arreglo del problema sin trastornar el sosiego del ciudadano, ni socavar la confianza debida en las instituciones. Y tal ha sido mi voluntad, durante años - aunque a más de uno le suene a cinismo -. De hecho, mucho me guardé de comentar acerca de casi nada "en caliente". De modo más genérico, ha sido la voz popular la que saca el tema a colación, en los carnavales de Cádiz:

video

Ya ven que no hablo de problemas puntuales. Y que "La Ley del Silencio", al modo de la pederastia en la Iglesia Católica, solo sirve para encronizar los problemas, lejos de arreglarlos.

La "Ley del Silencio" no es un problema del SAS, ni específicamente andaluz; ya lo estamos viendo con el asunto del expediente a Mónica Lalanda, en Segovia. Casos ha habido en Inglaterra, cuyos avatares sigo regularmente. Aquí, sin embargo, concurren circunstancias especiales. En primer lugar, una profesión sometida a un larguísimo período de precariedad y, posteriormente, a una vigilancia político-sanitaria, empeñada en que nada empañe la imagen propagandística de "semos los mejores". Ello conlleva un ambiente de represalia anticipada en el que cualquiera se lo pensará dos veces antes de comunicar públicamente problemas como los que acabo de mencionar. En segundo lugar, una población casi cautiva - fija a una zona y a unos servicios sanitarios -, poco dada a ejercer sus derechos. Una población que conoce en sus carnes que las reclamaciones tienden a no tener repercusión alguna - papel mojado amable, eso sí -. Y si optan por la mayor, se enfrentan a la maquinaria de la Justicia: "pleitos tengas, y los ganes". Lentitud y fárrago, para dar de comer a los abogados y aburrir al más pintado. Y miedo, miedo siempre: "que te van a coger manía...".

Silencio, pues, que "semos los mejores". Y si no los mejores, al menos los más eficientes. Silencio, y confiar en los de arriba, nuestros padres conscriptos, que ellos, conscientes del dolor del pueblo, trabajan incensamente para aliviarlo. Poco de ello se ve, desde luego, en estas dos últimas décadas. Que a lo mejor nos puede la impaciencia. Como si fuéramos niños.

Pues llega un momento en que uno se plantea que el problema no es la "omertà", sino de quienes, serviles y temerosos, la acatamos sin rechistar ni reclamar.

@frelimpio

P.D. De mis reflexiones sanitarias, noveladas (picar aquí). Abajo, el comentario de Mónica Lalanda:




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